Skip to content →

Eduardo Galeano y Don Quijote de la Mancha

Don Quijote se vuelve loco por leer libros de caballería. Grabado de Gustave Doré. 1906

Paradójico mundo, paradójica vida, paradójico personaje Don Quijote de la Mancha, una novela inmortal que es una aventura de la libertad nacida en una cárcel, la cárcel de Sevilla donde Cervantes estaba preso por deudas, como estamos nosotros los países latinoamericanos presos por deudas.

Y de paradoja en paradoja la novela termina siendo sobretodo famosa por una frase que Don Quijote jamás pronunció, la citan todos o casi todos los políticos todo el tiempo:

Ladran Sancho  señal de que cabalgamos

No figura en la obra de Cervantes, la he leído al revés y al derecho buscándola en sus dos tomos  y no está, paradójico también es que este personaje que montado en un rocín hambriento, metido en su armadura de latón, este personaje que parece destinado al perpetuo ridículo y a la perpetua derrota haya podido andar el camino que anduvo a lo largo de estos cuatro siglos.

Porque ridículo es, que duda cabe, sobretodo cuando cae despatarrado al final de sus lances imposibles, pero es entrañablemente ridículo, cree el niño que una escoba es un caballo mientras el juego dura y mientras dura la lectura los lectores acompañan y comparten las estrafalarias andanzas de Don Quijote haciéndolas suyas, osea se ríen de él, sí nos reímos de él, pero mucho más nos reímos con él.

No te tomes en serio nada que no te haga reír

Me recomendaba con razón un amigo brasileño hace ya algunos años y el lenguaje popular se toma en serio los delirios de Don Quijote y expresa la dimensión heroica que la gente ha otorgado a este anti héroe, un anti héroe de dimensión heroica, como lo reconoce hasta el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, nuestro venerable diccionario que define la quijotada como la acción propia de un quijote, diciendo que quijote es aquel que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas sin conseguirlo, las dos últimas palabras no me convencen porque a veces los Quijotes consiguen lo que quieren y el propio Don Quijote que parece en principio condenado a la derrota implacable a la derrota incesante, suele salir triunfante de sus lances, aunque más no sea moralmente triunfante.

Ernesto Ché Guevara caracterizado con una identidad falsa y mostrando sus documentos a Fidel Castro para emprender su viaje al Congo y por último a Bolivia. 1966.

Por algo fue, por algo fue que en 1965 cuando el Ché Guevara parte, se va, después se supo al Congo a Bolivia, escribe la última carta a sus padres y para decirles adiós a los queridos viejos como dicen, no cita a don Carlos Marx sino que escribe:

Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo

En sus andanzas, evocaba Don Quijote la edad dorada cuando todo era común no había tuyo ni mío porque después, decía él, habían empezado los abusos y por eso había sido necesario que salieran al camino los caballeros andantes para defender a las doncellas, amparar a la viudas, y socorrer a los huerfanos y a los menesterosos.

Unos años antes de que Cervantes inventara su febril justiciero, como acaba de recordar Ignacio, Tomás Moro había contado la Utopía por boca de un marinero venido de América, un marinero de los barcos de Americo Vespucio y quién sabe si esa utopía inspirada en la vida comunitaria de los indígenas americanos no había inspirado a su vez la edad dorada de las nostalgias de Don Quijote, en el libro de Tomás Moro, que por cierto perdió la cabeza, osea el Rey le cortó la cabeza, en libro de Tomás Moro Utopía significaba No lugar, utopía no lugar.

Pero quizás ese no lugar ese inalcanzable espacio del sueño de la vida compartida pueda tener lugar en los ojos que lo adivinan, porque cada persona contiene muchas otras personas posibles y cada mundo contiene su contra mundo, las miradas capaces de ver a través de la infamia nos revelan esa promesa escondida, otro mundo late en la barriga de este mundo y ese mundo el que necesitamos es tan real como el que conocemos y padecemos.

Hace algunos años, viví un tiempo en Venezuela y ahí conocí en el lago de Maracaibo a un pintor de altísimo talento se llamaba Vargas era carpintero, analfabeto, casí analfabeto mal sabía escribir su nombre con la s al revés y era un artista prodigioso, algunas galerías de Caracas iban a verlo a su pueblo de Cabimas y le compraban por monedas cuadros que después se revendían a precios mucho más altos y que ahora se han cotizado mucho más desde que Vargas murió.

Esos cuadros eran cuadros de colores que humillaban al arco iris, las flores, las plantas, los pájaros eran muchísimo más grandes que la gente, por lo tanto el público, sobretodo el público extranjero celebraba la obra de Vargas como un canto a la vida tropical, como un himno a la naturaleza americana.

Ismael Vargas, el pintor Venezolano al cuál hace referencia Eduardo Galeano.

Y la verdad de la milanesa era que Vargas había nacido, había crecido, había vivido y pintaba en el pueblo donde murió que era el pueblo que más petróleo a dado a la civilización occidental y que el petróleo aniquiló, allí no había ni una sola plantita verde, era todo gris o negro, hasta las aguas del lago eran turbias y los peces habían muerto hacía mucho, el arco iris cuando salía, salía en blanco y negro, y los buitres volaban de espaldas y entonces en ese lugar fétido y espantoso este hombre creó esta pintura prodigiosamente bella, colorida, loca. Y yo siempre decía discutiendo con mis amigos en Venezuela que Vargas era un pintor realista, porque no sólo es realista cuando pinta la realidad que conoce y padece, sino también es realista cuando pinta la realidad que necesita porque en la barriga de este mundo hay otro mundo posible.

Secciones: archivos Personajes

Comments

Tus comentarios son importantes, comparte el tuyo: