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Para escuchar con audífonos por Julio Cortázar (fragmento)

Cuando entro en mi audífono,
cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado
porque tengo una cabeza delicada
y además y sobre todo los audífonos son delicados,
es curioso que la impresión sea la contraria,
soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza
a una noche diferente, a una oscuridad otra.
Afuera nada parece haber cambiado, el salón con las lámparas,
Carol que lee un libro de Virginia Wolf en el sillón de enfrente,
los cigarrillos, Flanelle, que juega con una pelota de papel,
lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más.

y ya nada es lo mismo, porque el silencio del afuera amortiguado
por los aros de caucho que las manos ajustan
cede a un silencio diferente,
el silencio interior, el planetario diferente de la sangre,
la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha,
y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,
un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene
de flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencio
que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares,
una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja
corre por el silencio revio y lo concentra
en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno
hasta que estalla la primera nota o un acorde
también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal
que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante
en lo más hondo de la transparencia, así
la música no viene del audífono, es como si sugiera de mí mismo, yo soy
mi oyente,

espacio puro en que late el ritmo
y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno en plano centro de la
gruta negra.

*Para escuchar con audífonos por Julio Cortazar (Salvo el crepúsculo. Editorial Nueva Imagen. México, 1984.)

Secciones: Blog Resonancia

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