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Resonancia: El Spleen de París de Charles Baudelaire

 

Charles Baudeliere, de vida bohemia y llena de excesos, fue transgresor de la Francia del siglo XIX, su visión del mal y severa crítica a la sociedad de su tiempo se deja ver en cada una de sus obras.

El Spleen de París es un libro que recopila poemas en prosa escritos por el autor entre 1853 a 1867, es una publicación póstuma, cuya primera edición fue realizada en 1869 y aparecen según el orden fijado por el autor en el envío del original a Arséne Houssaye, sin fecha:

“¿Quién es aquél de nosotros que, en sus días de infancia, no ha soñado el milagro de una prosa poética musical, sin ritmo y sin rima y lo bastante dócil y contrastada para adaptarse a los movimientos del alma, a las ondulaciones de la ensoñación y a los sobresaltos de la conciencia?” C.B.

La palabra Spleen en francés representa el estado de melancolía sin causa definida o de angustia vital de una persona. Fue popularizada por el poeta Charles Baudeliere (1821-1867) pero había sido utilizada antes, en particular durante la literatura del Romanticismo, a inicios del Siglo XIX. (Fuente: www.wikipedia.org)

¿Cómo sonaba París cuando Charles Baudelaire caminaba por sus calles? ¿Cómo recreó ese “poeta maldito” el ambiente y voces de sus contemporáneos? ¿Qué nos contestaría ahora si le preguntáramos sobre su percepción del sonido?

El Spleen de París llegó a nuestras manos como generoso obsequio del editor mexicano Mario del Valle, quien publicó la traducción al español de Margarita Michelena, en su editorial Papeles Privados en 1990.

Tuvimos la fortuna de leer el magnífico trabajo de Charles Baudeliere, del cual extraemos fragmentos que hacen referencia a sonidos, los cuales compartimos ahora con ustedes. En el inicio de las citas lleva el número y nombre de cada poema, por si alguien se interesa en buscarla completa.

III
El confíteor del artista

¡Gran delicia sumergir la mirada en la inmensidad del cielo y el mar! ¡Soledad, silencio, incomparable castidad del azur! Una vela estremecida en el horizonte que, por su pequeñez y su aislamiento, imita mi irremediable existencia, melodía monótona de la onda, todas esas cosas piensan por mí y yo pienso por ellas (porque, en la grandeza de la ensoñación, el yo se pierde pronto); esas cosas piensan, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

Empero, esos pensamientos que las cosas sacan del yo, se vuelven muy pronto demasiado intensos. La energía en la voluptuosidad crea un malestar y un sufrimiento positivos. Mis nervios, excesivamente tensos, no dan más que vibraciones chillonas y dolorosas. Y, con todo, la profundidad del cielo me consterna; su limpidez me exaspera. La insensibilidad del mar, la inmovilidad del espectáculo, me rebelan…

VII
El loco y la Venus

¡Qué admirable jornada! El vasto parque desfallece bajo el ojo ardiente del sol, como la juventud bajo el dominio del Amor.

Él éxtasis universal de las cosas no se expresa por medio de ningún ruido; las aguas mismas están como adormecidas. Muy diferente a las fiestas humanas, ésta es una orgía silenciosa…

IX
El mal vidriero

Finalmente, el hombre apareció. Examiné curiosamente todos sus vidrios y le dije: -¿Cómo? ¿No tiene usted vidrios rosados, vidrios rojos, azules, vidrios mágicos, vidrios del paraíso? ¡Es usted un imprudente que osa pasar por los barrios pobres y no tiene siquiera vidrios que hagan ver la vida hermosa!” Lo empujé vivamente hacia la escalera, donde tropezó refunfuñando.

Me acerqué al balcón y así un tiesto pequeño, y cuando el hombre reapareció en el umbral de la puerta, dejé caer perpendicularmente mi máquina de guerra sobre el reborde posterior de sus ganchos; y el choque, al derribarlo, acabó por romper, sobre su espalda, toda su pobre fortuna ambulante, lo que produjo el ruido estallante de un palacio de cristal destrozado por el trueno.

Y ebrio de mi locura, le gritaba yo furiosamente ¡La vida es bella! ¡La vida es bella!

X
A la una de la mañana

¡Al fin! ¡Solo! No se escucha más que el rodar de algunos fiacres tardíos y derrengados. Durante algunas horas poseeremos el silencio, si no el reposo. ¡Al fin! La tiranía de la faz humana ha desaparecido y yo no tendré ya que sufrir sino por mí mismo.

¡Al fin! Me está permitido descansar en un baño de tinieblas. Primero, sobre vuelta a la cerradura. Me parece que esa vuelta de llave aumentará mi soledad y fortificará las barricadas que me separan actualmente del mundo.

…Descontento de todos y descontento de mí, bien quisiera rescatarme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche. Almas de los que he amado, almas de aquéllos a los que he cantado, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los vapores corruptores del mundo; ¡y tú, Señor y Dios mío, concédeme la gracia de producir algunos bellos versos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio!

XVIII
La invitación al viaje

Hay un soberbio, un país de Jauja, se dice, que sueño viaja con una vieja amiga. País singular, anegado en las brumas de nuestro Norte y que podríamos llamar el Oriente del Occidente, la China de Europa, tanto la cálida y caprichosa fantasía se ha abierto campo, tanto, paciente y tercamente, ha ilustrado con sus sabias y delicias vegetaciones.

Una verdadero país de Cucaña donde todo es bello, fino, tranquilo, honesto; donde el lujo se complace en mirarse en el orden; del que el desorden, la turbulencia y lo imprevisto se hallan excluidos; donde la dicha está desposada con el silencio; donde la cocina misma es poética, opulenta y excitante a la vez; donde todo se te parece, mi querido ángel.

XXI
Las tentaciones o Eros, Pluto y la Gloria

Dos soberbios Satanes y una Diabla no menos extraordinaria subieron anoche la escalera misteriosa por la cual el Infierno asalta la debilidad del hombre que duerme y se comunica en secreto con él. Y vinieron a posarse gloriosamente frente a mí, de pie, como en un estrado…

La Diablesa tenía el aire a la vez imperioso y desmadejado y sus ojos, aunque fatigados, contenían una fuerza fascinadora. Lo que más me impresionó fue el misterio de su voz, en la cual hallé el recuerdo de las contralti más deliciosas y también un poco del enronquecimiento de las gargantas incesantemente lavadas por el aguardiente.

“¿Quieres conocer mi poder?” -dijo la falsa deidad con su voz encantadora y paradójica- “Escucha”.

Y embocó entonces una gigantesca trompeta, encintada como una flauta de caña, con los títulos de los periódicos de todo el universo y, a través de esta corneta gritó mi nombre que rodó así por todo el espacio con el ruido de cien mil truenos y que me retornó repercutido por el eco del más lejano planeta.

“¡Diablo! -dije yo, a medias subyugado- ¡Esto es precioso!” Pero al examinar más atentamente a la seductora Virago, me pareció vagamente que ya la conocía de haberla visto bebiendo con algunos pícaros conocidos míos; y el ronco sonido del cobre trajo a mis oídos no sé qué recuerdo de una trompeta prostituida.

XXIV
Los proyectos

…más allá de la varenga, el escándalo de los pájaros ebrios de luz y el parloteo de las negritas… y por la noche, para servir de acompañamiento a mis sueños, el canto quejumbroso de los árboles al son de la música, los melancólicos filaos…

XXXIV
¡Ya!


Al fin, se dibujó una orilla; y vimos, al acercarnos, que era una tierra magnífica, deslumbradora. Parecía que las músicas de la vida se desprendían de ella en un vago murmullo, y que la costa rica en verdores de toda especia, exhalaba, a una distancia de muchas leguas, un delicioso olor de flores y de frutos…

Al decir adiós a esa incomparable belleza, yo me sentía abatido hasta la muerte; y por eso, cuando algunos de mis compañeros gritaban: “¡Al fin!”, yo no podía más que gritar: “¡Ya!”

Entre tanto era la tierra, la tierra con sus ruidos, sus pasiones, sus comodidades y sus fiestas; era una tierra rica y magnífica, llena de promesas, que nos enviaba un misterioso perfume de rosa y almizcle y desde la cual las músicas de la vida nos llegaban en amoroso murmullo.

XLV
El tiro y el cementerio


Y entró, bebió un vaso de cerveza de cara a las tumbas y fumó lentamente un cigarro. Después le dio la fantasía de bajar al cementerio, donde la hierba era tan alta e invitadora y reinaba un tan rico sol.

En efecto, la luz y el calor eran allí frenéticos y se hubiera dicho que el sol ebrio se revolcaba todo entero sobre un tapiz de flores magníficas, fertilizadas por la destrucción. Un inmenso rumor de vida llenaba el aire -la vida de los infinitamente pequeños-, cortado a intervalos regulares por la crepitación de las detonaciones de un vecino campo de tiro, que estallaban como la explosión de los tapones de champaña en el zumbido de una sinfonía en sordina.

Entonces, bajo el sol que calentaba el cerebro y en la atmósfera de los ardientes perfumes de la Muerte, el paseante escuchó cuchichear una voz bajo la tumba en la cual se había sentado. Y aquella voz decía: “¡Malditos sean vuestros blancos y vuestras carabinas, turbulentos vivos, que os preocupáis tan poco de los difuntos y su divino reposo! ¡Malditas sean vuestras ambiciones, malditos sean vuestros cálculos, mortales impacientes que venís a estudiar el arte de matar cerca de un santuario de la Muerte!

Libro: Baudelaire, Charles. El spleen de París. Traducción Margarita Michelena. Editorial Papeles privados. México, 1990.

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