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Sordera

El oído llega a lugares donde la vista no alcanza; hay situaciones en que el sentido del oído nos da información que la vista no: al intentar anticipar el contenido de un regalo lo acercamos a nuestra oreja y lo sacudimos, según el tono y la fuerza del sonido comenzamos a adivinar o para asegurarnos que hay alguien en la casa que visitamos acercamos el oído a la puerta y nos alegramos cuando escuchamos voces o sonidos cotidianos que nos aseguran la presencia de quien vamos a buscar o nos sentimos decepcionados si encontramos todo en silencio.

Sonidos, silencios, ruidos, música llegan a nuestro oído y disfrutamos o padecemos su existencia mientras se instalan en nuestro cerebro. ¿Cómo conciben el mundo sonoro las personas que son sordas?

La sordera puede ser un rasgo hereditario, consecuencia de una enfermedad, traumatismo, exposición excesiva a sonidos muy fuertes o medicamentos que resultaron agresivos para el nervio auditivo. Esta sordera no necesariamente es total, de hecho se han clasificado en cuatro tipos la pérdida auditiva (https://www.cdc.gov/ncbddd/ spanish/hearingloss/types.html ).

También existe esa otra sordera que muchos padecemos, al no escuchar al otro o a los otros:  personas, pájaros, insectos, tráfico, voces a lo lejos… una mosca rondando mi cabeza. O cuando no prestamos la atención necesaria, el sonido llega a nuestro oído más no lo entendemos.

“No hay peor sordo que el que no quiere escuchar”

El filósofo y agricultor Masanubo Fukuoka decía que si quieres conocer todo acerca de la flor, entonces debes convertirte en flor. Por ello compartimos el siguiente artículo que quizá nos ayude a comprender a esa “Patria sin voz”.

El desconocido mundo de los sordos

Por Rosa Montero.  (Fuente: El país semanal Número 1.379. Domingo 2 de marzo de 2009.)

Los humanos tenemos una cabeza muy chiquita que enseguida se nos llena de rutinas. Vivimos encerrados dentro de nuestras costumbres, nuestros tópicos y nuestros prejuicios; dentro de un mundo diminuto, en fin, que nosotros creemos que es El Mundo. Pero lo que uno vive a menudo no tiene nada que ver con lo que viven otros. Puede que nuestro vecino pertenezca a una realidad totalmente distinta y que nosotros ni siquiera nos hayamos dado cuenta. De hecho, nos fijamos muy poco en los demás.

Todo esto viene a cuento de dos extraordinarias cartas que he recibido. Dos lectoras me han escrito al mismo tiempo tocando el tema de la sordera, una minusvalía que tendemos a menos preciar y que, sin embargo, puede ser mucho más cruel que la ceguera, como dice S., una de las lectoras, que no padece personalmente el problema pero que trabaja con personas sordas: “Es el colectivo más desconocido por la sociedad y uno de los más injustamente tratados”. Y, leyendo su carta, me doy cuenta de que tiene razón. Los sordos viven en un aislamiento radical. Los seres humanos somos sobre todo palabras, y la falta de comunicación verbal les convierte en una especie de fantasmas: la sociedad les ignora.

La otra carta es conmovedora y al mismo tiempo alucinante, pero deja entrever un mundo insólito. La firma M., “una mujer sorda signante de LSE (Lengua de Signos Española)”. Y M. dice: “Mi comunidad sorda está compuesta de niños y niñas, jóvenes, viejos…todos juntos como una piña por el hecho de compartir una lengua propia que es la LSE y una cultura e historia propias transmitidas de generación en generación. Fuimos rechazados por la sociedad hace mucho tiempo porque somos minoría que se niega a abandonar una lengua y una cultura”. Esto es, M. reivindica la sordera como una patria, como una forma de vida radicalmente distinta a la de los “esclavos del oralismo puro”. Y, con cálida elocuencia, añade: “Somos un pueblo sin voz que sufre mucho por el daño al que nos somete la mayoría oyente que desoye nuestros derechos de autodeterminación. Queremos integrarnos en la sociedad de forma que sean respetadas nuestras necesidades, pero los otros nos quieren someter desde una perspectiva paternalista y colonialista”. Aislados como están, distintos como son, algunos sordos han creado otra realidad; y, como el ser humano es maravilloso en su capacidad de adaptación, se sienten orgullosos (con razón) de ser como son. Debe de ser un mundo fascinante.

M. plantea, sobre todo, dos quejas: lamenta que, el pasado mes de julio, el Parlamneto español denegara el reconocimientos de la LSE como idioma, y arremete constra los implantes cocleares, que se colocan a los niños sordos dentro del cráneo y que, en efecto, no son del todo fiables y pueden tener problemas secundarios (M. habla de “muertes no reconocidas”).

Por el contrario, la otra lectora, S., hace una lúcida exposición de las diversas corrientes que, según ella, componen hoy el mundo de los sordos, a saber: A) Los signantes acérrimos, que creen que ser sordo no es una discapacidad, sino un estado; su lengua natural es la LSE. B) Los oralistas acérrimos, para quienes ser sordo es una discapacidad y hay que aprender ante todo la lengua oral. C) Los bilingüistas para quienes ser sordo es una discapacidad y los avances técnicos (implantes, audífonos) son fundamentales, pero que también consideran fundamental la LSE. “Determinados grupos de presión de la llamada Comunidad Sorda (Signantes acérrimos) consideran que el implante cloquear es una aberración de la naturaleza”, explica S.; y añade que las familias de niños sordos que optan por el implante tiene que soportar que les acusen de ser una especie de “traidores a la causa sorda”.

Todo esto revela una vez más que hasta en el grupo humano más pequeño se dan las rencillas más amargas y las habituales luchas por el poder. Visto desde fuera, me imagino que lo más sensato, como siempre, debe de ser lo menos dogmático; esto es, mejor el bilingüismo, y mejor que exista la posibilidad del implante cloquear y que cada uno decida si asume o no los riesgos. Por supuesto que los médicos deben advertir de las complicaciones que puede tener la operación; y por supuesto que hay que respetar el derecho a la diferencia de aquellos signantes que quieren ser distintos. Pero a lo mejor no todos los sordos desean la utodeterminación. Qué difícil nos es a todos aceptar que el vecino tenga una idea del mundo diferente a la nuestra.

Secciones: Blog Resonancia

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